Con tan poquita fe
«Queremos publicar. Queremos lectores. Queremos que alguien confirme que las horas dedicadas a una novela no fueron una extravagancia privada. Nos gustan las reseñas favorables, las invitaciones, las fotografías, los premios, los brindis y los aplausos. Negarlo suele ser una forma refinada de vanidad. Un camino en el que se defiende más el espejismo que el oasis.
No hay nada vergonzoso en querer ser leído. La literatura necesita circulación. Un libro que nadie abre puede ser un objeto perfecto, pero ha perdido una parte esencial de su razón de existir.
El problema comienza cuando el reconocimiento deja de ser una consecuencia posible del trabajo y se convierte en su principal combustible. Entonces cambia la relación con la página. Es una golosina que solo se promete a los tontos. Cada texto empieza a parecer una solicitud de admisión.¿Será publicable? ¿Gustará? ¿Servirá para un premio? ¿Coincidirá con aquello que en este momento parece interesar a editoriales, jurados, suplementos, festivales? Son preguntas legítimas en ciertas etapas del proceso editorial, pero resultan corrosivas cuando se sientan junto al escritor desde la primera frase.»
